9 may. 2014

¡Sorteo Kiss Comix!


No queremos faltar a la costumbre y volvemos con uno de nuestros sorteos, porque queremos seguir difundiendo los vicios y las virtudes de nuestro último título, las Historias inconfesables de Ovidie y Jérôme D’Aviau, un cómic que ya está haciendo las delicias de un montón de lectores de ambos sexos e incluso las delicias de la crítica, que es un poco el tercer sexo o la ausencia del mismo.

El álbum lo podéis adquirir en cualquier librería o con toda comodidad y discreción en nuestra tienda web, pero antes tal vez os apetezca participar en el sorteo de tres ejemplares que enviaremos gratis a aquellos que nos escriban, en los mismo comentarios de este post, contándonos una fantasía a tono con las que Ovidie nos explica en su libro. El asunto es paradójico, porque estamos pidiendo que confeséis algo que en principio sea inconfesable, ¡pero ahí está la gracia!

No valen tópicos en plan “lo hicimos en una playa”, “nos pilló su hermana” o “me gustaría un trío”, de eso nada; queremos pelos y señales, un poco de atmósfera y que peligren los termómetros. ¿Qué experiencia erótica habéis vivido que valga la pena contar? ¿Qué fantasía recurrente os invade en los momentos de calentura? Venga, teclead, no os cortéis que no nos lee nadie.

A los tres que más nos gusten os enviaremos un librazo gratis. Los ganadores serán anunciados en este mismo blog y en nuestra cuenta de twitter, a la que ya estáis siguiendo si no lo hacéis ya. ¡Tenéis tiempo hasta el 25 de mayo!

15 comentarios:

  1. Hace mucho que conozco a una chica que tiene una tienda de chucherías. Morena, con coletas, ojos preciosos...
    Siempre he fantaseado con que me atienda vestida solamente con ese pequeño delantal que siempre usa, tapando solamente su pubis. Y ahí... entre piruletas y chucherías poder lamer su más dulce caramelito. Desparramar todas las chuches por el suelo y clavárnoslas mientras la penetro salvajemente. Besar sus preciosos pechos que adivino cada vez que voy a visitarla con la tonta excusa de comprarme una pequeña bolsa de chuques o un simple chicle. Mascar suavemente entre mis dientes su erecto y sonrosado clítoris mientras amaso con mis manos sus dos pechos...montañas de aldogón de azúcar.
    Pero eso es sólo una fantasía.
    -Don Juan de Marco-

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  2. Hay historias que no sólo son inconfesables, sino q permanecen en la memoria como un sueño difuso y confuso, aunque la empalmada q tengo cada vez q me viene a la mente ese episodio me recuerda q fue muy real.

    Era el cumpleaños de mi suegro y había montado una fiesta en su casa, había invitado a todos sus amigos, entre ellos, destacaba una mujer de unos 50 años. Ella era una mujer voluptuosa, alta y entrada en carnes, perfume caro, y joyas, muchas joyas, aún recuerdo el tintineo de toda esa bisutería mientras movía sus caderas con mi polla muy dentro de ella. No era una mujer especialmente bella, su rostro guardaba varias arrugas que nos hablaban de sus experiencias pasadas.

    Nunca he sabido cómo pudo pasar, siempre he querido pensar que fue ella la q me cazó, aunque intuyo q todo esos gestos inocentes me hicieron fantasear secretamente con ella y q fui yo quién propició esa situación. Tampoco sé xq acabamos los 2 bajando al garaje a x más hielo y bebida, pero cuando entramos en aquella pequeña despensa creo q los dos fantaseábamos con lo q podría pasar.

    Ella abrió la nevera en busca de hielo, se inclinó ligeramente para adelante para coger refrescos, el vestido que llevaba se pegó a su piel remarcando un culo grande pero bien puesto. Yo busqué el roce y haciendo como q la ayudaba, aproveché para frotar mi polla, q empezaba a empalmarse, contra ese culo. Ella lo apretó más contra mi polla y giró la cabeza en busca de mi mirada, nuestros ojos se cruzaron y no hizo falta decir nada más... ya no importaba q estuviese mi novia, mi suegro, su marido y miles de invitados más.

    Le levanté el vestido, mientras me bajaba los pantalones, ella se bajó las bragas y con mano experta condujo mi polla tensa hacia su coño, para mi sorpresa estaba muy húmeda, y la empecé a embestir mientras sus joyas y las bebidas de la nevera tocaban una alegre sinfonía.
    -Tranquilo – me dijo. Déjame a mí.

    Me quedé quieto y ella empezó a marcar el ritmo con sus caderas, las bebidas del frigorífico dejaron de temblar, pero el tintineo de sus joyas moviéndose seguía marcando el ritmo de nuestro encuentro. Me cogió la mano y la llevó a su clítoris. - Así con suavidad y haciendo círculos me susurró - Mis dedos pronto quedaron empapados de sus flujos, aunque me quitó la mano –creo que no la estaba estimulando como ella quería – y se metió mis dedos húmedos muy lentamente en su boca. Eso me volvió loco de placer y la volví a embestir con todas mis fuerzas, mientras buscaba el tacto de sus pechos x encima de su vestido. Ella acrecentaba el ritmo de sus caderas al mismo tiempo q el de sus dedos frotando su clítoris –Uf dios estoy a punto de correrme-, le dije –Aguanta - fue su única respuesta y siguió acrecentado su ritmo de caderas y mano mientras sus pequeños gemidos me estremecían de placer. – No aguanto más. Me voy a correr- le dije. Ella con una agilidad que me sorprendió se puso de rodillas, con una mano seguía masturbándose mientras con la otra cogió mi polla y se la metió en su boca. –Córrete dentro de mi boca. Y empezó a comerme la polla como nunca antes me la habían comido. Notaba la calidez de su boca y la presión de sus labios sobre todo mi pene. – Me corro- fue lo único q alcancé a decir mientras mi semen explotaba dentro de su boca. Noté como en ese mismo momento ella también llegaba al orgasmo con sus dedos mágicos pues sentí como un espasmo recorrió ambos cuerpos.

    Se quedó muy seria mirándome mientras me seguía lamiendo cualquier resto de semen de mi polla, joder eso me estaba excitando aún más. Nos quedamos un minuto en silencio mirándonos. Ella miró mi polla aún muy erecta, sonrió y mientras se levantaba dijo – por eso me gustan los jovencitos. Se colocó rápidamente el vestido, se limpió la comisura de los labios y se arregló el pelo con una rapidez asombrosa. –Que no se te olvide el hielo – dijo mientras abría la puerta y se llevaba 2 botellas de ron y un refresco para arriba.


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  3. Se llama Mercedes, Micha, como todos la conocen y es mi suegra. Cada vez que la veo me entran taquicardias y en la época del verano todavía más. Es entonces, cuando el calor del estío aprieta en nuestra pequeña ciudad del interior, el momento en que nos desplazamos mi mujer y yo al pisito que tienen mis suegros en la playa.
    Está espectacular. Con sólo 52 años, se puede decir que es una milf de altura. Es rubia, mide alrededor de 1,72, con media melena y peinado de peluquería, liso y con las puntas hacia afuera, tetas gordas y ricas y caderas bien proporcionadas, culo hacia atrás y respingón, cinturita y piernas de pollo. Sí, sus pies al igual que los de mi mujer también son una preciosidad, pequeñitos y seductores, siempre con sus uñas pintadas de algún tono que va entre el rosa y el carmesí, y que asoman seductores a través de la múltiples sandalias de tacón que calza en estas épocas.
    Tiendo a licenciarme lujuriosamente con pensamientos impuros sobre esa madurez descomprimida que aflora en todas las esencias, olores y frangancias de cada ricón, de cada túmulo, de cada vuelta, del su cuerpo, del cuerpo de Micha.

    El caso es que a veces al pisito nos vamos mi mujer y yo unos días antes de la época estival a pasar un fin de semana, unos días sin mis suegros, sólos los dos. Allí en la inmesidad de ese piso tan lujoso, mientras mi mujer va a la compra y yo me hago el remolón en cama, me quedo pensando en ella, no en mi mujer sino en Micha, y en cuando viene a pasar con nosotros los días del agosto, calientes y sudados, impregandos de un angustioso frenesí.
    Es entonces cuando me levanto y me dirijo a su habitación. No hay nadie en el piso, así que me puedo explayar con gusto. Profano la habitación de mis suegros y me hierve la sangre por dentro, y sé que allí, recogido, en el último cajón de la mesilla de noche de mi suegra hay un tanga negro, de encaje, primorosamente escondido bajo un sujetador a juego, copa 100. Un tanguita escondido como un secreto oculto, con un lacito rosa en el culo y una tira que apenas me imagino tape su perineo y la parte baja de su vagina, hinchada y caliente, a cuatro patas, puesta encima de la cama. Un tanga de uso diario, con cubrecoño de algodón blanco, que guarda sus partes delicadas.

    Mancillo el cajón, y tomo el tanga entre mis manos. Me bajo los pantalones y me siento en la cama, me descalzo y me lo pongo. Es increible la sensación de ponerse un tanga de tía, con todo mi pene rebosando pues no logra entrar en ese pequeño trozo de tela negra, y me lo froto despacio mientras me imagino abordarla, hacerla mi esclava, que me obedezca subyugada por un cariño que sé que está ah, muy prensente. Ponerla de culo para lamerle todo, de arriba a abajo, todo y absolutamente todo, cada rincón, cada parte de su vicio. Ahora me lo quito, lo lamo otra vez, y me lo paso suavemente por todo mi pene erecto. Lo agarro de tal forma que me paso la parte de algodón blanco por mi prepucio, para que mis fluidos se queden impregnados, para que mis feromonas hagan el trabajo por mí y ella al ponérselo se vaya corriendo lentamente, como una perrita en celo, al detectar mi olor cerca. Fantaseo con esa posibilidad, mientras me la imagino más y más respingona, más y más tetuda, desnuda, tan sólo con un delantal finísimo, a cuadros blancos, que tan sólo deja ver su culito enpalmado, moviéndolo con muchas ganas de juerga. Mi pene esta a mil y dejo correr ese líquido preseminal sobre el cubrecoños blanco de mi suegra. Rápido, tiro el tanga al parqué y me corro un metro más allá.

    Ya está, lo limpio todo, huelo nuevamente el tanga y lo guardo en su cajón, esperando a que mi suegra lo encuentre colocadito, debajo de su sujetador a juego, con un cierto olor que no adivine, que no note, y rozar su coño con mi pene mediante líquidos y vapores adquiridos.

    Mojar su tanga, es mi historia inconfesable, es lo más cerca que he estado de ella, de penetrarla, y eso me gusta, y me gustaría hacerselo y mucho.

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  4. Hola!

    Estas iniciativas vienen bien para la creatividad, y como soy dibujante he hecho un mini cómic para contaros la fantasía.
    Aquí os pongo el link de lectura porque blogger no deja postear más que texto, así que ahí va, espero que os guste:

    http://es.calameo.com/read/003487963abba45d976b7

    Un saludo!

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  5. Desde siempre me ha gustado disfrazarme, y ahora con esto del cosplay está un poco más de moda (término que todavía me sabe raro pronunciar), me lo paso pipa. Reconozco que no es que tenga un cuerpo espectacular, pero encontré a un hombre que me ve siempre preciosa y sensual, esté cómo esté.

    Lo conocí en un Salón del Cómic de Barcelona y aunque reconozco que no fue amor a primera vista, me conquistó. En aquella ocasión, iba disfrazada de Power Girl y el pobre intentaba por todos los medios mirarme a los ojos en vez de al escotazo tan característico de esta superherohína. Sabía que puse a más de un hombre en un compromiso, pero el personaje me encanta ;)

    Al cabo del tiempo, cuando ya éramos novios, una noche en la habitación cuando estábamos en casa de mis padres, me confesó que en aquel evento le puse cardíaco.

    - Lógico, con el escote que iba. - Le dije riéndome.

    - No, no sólo tus tetas me volvieron loco. Era como te sentaba el body blanco y resaltaban esas piernas largas enfundadas en las medias mientras imaginaba como sería que me rodearas con ellas- Me dijo acercándose a mi con una visible erección mientras me recordaba. - Estas caderas y este culo - susurró mientras me lo agarraba con fuerza- ¿Sabes que me ponía detrás tuyo a propósito para que cada vez que la capa se movia, podía verte el culo en todo su esplendor?

    - ¿Y que te parecería que me pusiera ese traje ahora? - Le susurré al oído mordisqueándole el cuello.

    La risa gutural y su mirada oscurecida por el deseo me dejaron claro que le parecía una idea espléndida. Así que decidimos escaparnos a un lugar dónde dar rienda suelta a nuestra fantasía sin tener que ser muy discretos.
    Sin pensármelo dos veces, cogí mi disfraz, nos despedimos de mis padres con una vil excusa, nos subimos al coche y nos perdimos por un descampado cercano.

    Mientras el conducía, me fui quitando la ropa y la lencería para ponerme sólo el body, las botas, guantes y la capa. De soslayo veía como a mi marido la erección le resultaba hasta incómoda y la respiración se le aceleraba.

    Fue aparcar y lanzárse hacia a mi para besarme y estrujarme un pecho con pasión desatada. Con torpeza, ambos intentamos tirar el asiento hacia atrás, me tumbé como pude y él se colocó sobre mi, restregando su dura entrepierna con mi húmedo sexo.

    Estuvimos unos minutos intentando acoplarnos en la estrechez del coche, hasta que le dije:

    - Fuera. Ahora.

    Salimos a trompicones, cerró la puerta estampándome contra ella agarrándose a mi cadera. En aquel momento volví a enamorarme de mi marido al ver cómo me miraba, cómo me deseaba y hacia que fuera la única mujer en el mundo.

    Sonrió de una manera que me dio un vuelco el corazón y con suavidad metió un dedo por el borde del body, un poco más arriba del pubis, y fue rodeando toda la goma hasta llegar a mi ingle. Jugueteó con mis húmedos labios hasta encontrar el clítoris para rozarlo y volverme loca de placer.

    Se puso de rodillas, apartó la tela del body a un lado y lamió con ganas, como si de ello le fuera la vida. No pude hacer otra cosa que gemir y agarrarme como pude a la maneta del coche y con la mano libre, agarrarle del pelo y guiarle hasta mi mismo centro.

    Todo se volvió borroso y cuando casi estaba a punto, decidió llevarme hacia el capó, auparme lo justo para estar con las piernas abiertas ofreciéndome a él.
    Sonreí y aparté lanzarte que me cubría el sexo mientras adelantaba las caderas y mw tumbada. Mi marido no aguantó más y se quitó los pantalones a prisa, dejándome ver su erección lo justo, hasta que se hundió con todas sus ganas dentro de mi. Me embistió con fuerza, agarrándose a mi culo para llegar más y más hondo.

    Consiguió que me llegara al clímax gritando y en un arranque de los míos, forcé el escote para liberar mis hinchados pechos, le aparté de mi y le solté:
    - Córrete. Sobre mis tetas...

    Y como un buen marido, me hizo caso y se derramó sobre mi pecho.

    Esta es la história de cómo le dimos otro uso a mi afición, haciendo realidad nuestras fantasías más secretas.

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  6. Ir a casa de mi amigo Jorge era siempre un dolor, un golpe en mi corazon, en mi moral, en mi entrepierna. Llegar, llamar, entrar y verla alli con esos labios rojos sangre, ojos de picara, cuerpo perfecto acompañado de unos pechos volcanicos. Saber que siempre estaria ahi y nunca seria mia...que nunca envejeceria.
    Esa foto de la madre de Jorge me daba sudores, tan sexy, tan espectacular que siempre me preocupaba que mi amigo se diera cuenta. Hacia tiempo que ella faltaba en su casa, un desgraciado acccidente dejo huerfano a mi amigo y a mi corazon. Curioso nunca la habia llegado a conocer en persona, solo un retrato hacia que explotara mi gozo cada noche, mi mano, mi sexo, cada caricia parecia real. Casi notaba que su pecho lamido por mi lengua, mi pene entrando en lo prohibido pero no habia nada fisico, ningun cuerpo que tocar de ella. Una foto era mi dolor y mi placer
    Hasta que un dia, una visita, una llamada a la puerta de Jorge y ahi estaba el reflejo vivo de esa lujuriosa foto. La hermana de ella, la tia de mi amigo...¿una oportunidad?

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  7. Como voy a firmar con mi cuenta de Google, en la que sale mi careto y todo, os podéis olvidar de una confesión. Mi novia me mataría… además, seguro que tampoco os caliento mucho. Si el asunto fuese de humor y costumbrismo onanista, ahí si que no tendría rival con mis historias de cama.

    Así que voy a fantasear un poco:

    Vamos cuatro personas en un ascensor. Es uno de esos grandes, me gustan los de los hospitales, tienen mucho margen de maniobra. Así que, vamos cuatro personas en un ascensor de hospital. Una enfermera morena, rotunda de caderas y pecho, risueña, treintaañera. Un señor de unos cincuenta, con la cara y los brazos de llevar trabajando toda la vida en algo duro. Una joven, guapísima de cara, con evidentes problemas de alimentación, actitud y estilo; masca chicle como una cabra, viste una parca verde por encima del camisón del hospital y unas zapatillas rosas. También estoy yo. Mucho más joven, atlético y guapo, con mucho más pelo y polla (para algo es mi fantasía).

    La luz de la planta cuarta está encendida. Subimos. La enfermera a trabajar, yo y el hombre de visita, la chica supongo que a su habitación después de escaquearse para fumar. De repente, un atronador ruido lo invade todo. Parece una explosión enorme. Después del terrible sonido una brutal sacudida nos zarandea de un lado para otro. La luz se va y con ella la consciencia.

    Me despierta una mano suave y un llanto histérico. La enfermera me pregunta si estoy bien, apenas distingo su voz mezclada con los gritos de la joven. Todo sigue a oscuras. Después del desconcierto inicial, hacemos recuento. Todos estamos bien, solo el hombre de cincuenta, que apenas cruza dos o tres palabras, está un poco contusionado. Los móviles no funcionan, ni siquiera se encienden. Parecemos condenados a la oscuridad hasta que la joven, que recupera un poco el aplomo, saca su mechero. El espectáculo es dantesco. Apenas si tenemos el espacio justo para movernos. La parte superior aparece aplastada por una montaña de escombro. Es un milagro que sigamos vivos. Comenzamos a gritar, a pedir auxilio. El silencio de los muertos nos responde. Intentamos con ahínco encontrar una salida, descubrimos un pequeño orificio por el que parece filtrarse el aire. Huele a quemado, huele a muerte. Los peores temores inundan nuestras mentes. Como es mi fantasía, para ella necesito la desesperación, la seguridad de que estamos en un ataúd, la total certeza de la muerte (si, soy un pelín raro). Así que, vamos cuatro personas en un ascensor de un hospital, días después de tensiones políticas en un escenario de guerra fría.

    Aceptamos nuestra muerte y nos dedicamos a esperarla.

    Pasan los días. La sed y el hambre nos van consumiendo. El olor de la muerte que acompaña el aire exterior es insoportable. Mucho más que el de los excrementos en el interior. Ya nadie llora, la joven es más valiente de lo que parece. Hablamos mucho, nos contamos nuestra vida, nuestras penas, hablamos de la familia que ya no veremos más. Nos preguntamos si quedará alguien vivo, todos tenemos esa esperanza. La joven se arrepiente de no salir con un chico al que estuvo calentando, casi habla mas de el que de su familia. La enfermera lamenta no haber tenido niños, lamenta haber trabajado tanto. El hombre habla poco, casi siempre de su hija, a veces de su madre. Yo, me invento historias para distraerlos, para intentar hacerlos reír, es lo único que puedo y se hacer. Evito hablar de mi vida, es mi fantasía, no quiero sufrir.

    La joven y la enfermera duerme acurrucadas en una esquina. Han desarrollado un especie de vínculo madre-hija, es normal. El hombre se sienta en una esquina y yo en otra. Nuestros pies se tocan. No podemos vernos, pero nos sentimos. A la cuarta noche, noto un mano. Va a tientas, toca la mía. Nos las apretamos. Detrás viene un cuerpecito. Nos abrazamos. Es la joven. Me susurra al oído:

    -” No quiero morir virgen.”

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    1. Después me besa, como solo puede besar una virgen a punto de morir. Pese a la debilidad de mi cuerpo, ante la deshidratación, el ayuno y la deficiente oxigenación, mi polla decide que nadie puede quedar virgen en este agonizante mundo de mierda. Nos desnudamos, ella tarda poco. Está muy delgada, tanto que tengo miedo de romperla. Mis manos soban sus huecos con suavidad, impregnándose de sus fluidos, me los llevo a la boca saciando dos apetitos e inflamando un tercero. Ella me pajea mientras me muerde y me chupa el cuello, me alegre saber que voy a dejar un cadáver con moratones de patio de colegio. Luego se sube a horcajadas y va bajando poco a poco. Es muy estrecha, pero está sorprendentemente húmeda. Algo se rompe al tiempo que un pequeño grito se escapa de su boca. Aprieto sus manos, muerdo su clavícula. Aumentamos el ritmo, follamos como si nos fuésemos a morir. Me araña la espalda, grita como una loca dejando salir todo; sus miedos, su hambre, su ira… muerdo su pecho inexistente, estrujo entre mis manos sus delgadas nalgas huesudas, humedezco mis dedos en su flujo mezclado con su sangre y busco su culo para colarme aún más dentro de ella. La enfermera nos grita:

      -Qué cojones hacéis! Que cojones estáis haciendo!?

      -Estamos follando, tía! No pienso morir sin probar esto, vale?

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    2. La enfermera calla, las palabras de la joven van cargadas de ira y desesperación. No para de follarme mientras llora. Sigue y sigue, como si quisiera empalarse con mi polla y ahorrarse sufrimiento.

      -Lo siento. No quiero juzgaros… es que. Yo también hace mucho que... Dios, dios mio…

      La mujer intenta hablar, pero su voz se quiebra. Mi joven dama tira de mi pelo, completamente ajena a todo lo que no sea follar. No consigo entender porqué aún no me he corrido, puede que que sea porque en mis fantasías tengo el aguante de un actor porno. De repente hay más palabras:

      -Que hace usted? No, no me toque… por favor… no… ahhh… dios, dios…

      Nos imaginamos el resto. Al hombre acercándose a la mujer que llora, como la coge y la gira, como le arranca la ropa mientras la besa y la toca. La negativa de la enfermera se convierte poco a poco en jadeos. Los preliminares no duran mucho, en cinco minutos un “plas, plas, plas,..” salvaje y desquiciado acompasa al nuestro. Nosotros bajamos un poco el ritmo, queremos escucharlos, mientras nos los imaginamos, follando, a diez centímetros nuestra. Nos reímos al oído, nos besamos, disfrutamos su sexo, lo adoptamos como nuestro. La brutal monta del hombre hace que la cabeza de la mujer se aproxime a mi pierna desnuda. Le acaricio el pelo, ella jadea, busca mis dedos con la boca. La cojo por el pelo y la atraigo hacia nosotros. Nos besamos, los tres, mientras el hombre, que aún no ha cruzado palabra, trabaja sin cesar. La enfermera chupa mis pezones y los de la joven, tiene un hermoso pelo y unas mejores tetas, grandes, generosas, maternales. Mis manos y las de mi pareja se encuentran casualmente recorriéndolas. Jugamos divertidos a perdernos entre esos valles, coronando sus picos con los dedos entrelazados, siempre al compás del hombre mayor. Mis manos, exploradoras de nacimiento, buscan más tesoros en el abundante cuerpo de la enfermera. Siguen por la espalda mientras noto como ella baja la cabeza y lame la herida de mi niña, que sube y baja muy lento, mientras se arquea para hacerle sitio a la ansiosa lengua de su antigua y breve madre. Cuando llego a su extenso culo, mi mano roza la del hombre, la cual hace una presa salvaje en esas orondas y suaves nalgas. Me aparta de un manotazo; mariconadas las justas. Decido no tentar mi suerte y las resguardo nuevamente en sus tetas. De repente, la intensidad se dobla, el hombre comienza a gritar y nos contagia a todos con su increíble fuerza. Noto como mi mujercita se arquea de todo mientras tiene su primer y último orgasmo. Cuando el mío llega, salgo de la joven y meto la polla en la boca de la enfermera, que lleva ya unos buenos cinco minutos gritando de puro éxtasis ante la brutal paliza del hombre silencioso. Me corro como si me fuese a morir. Ella traga hambrienta su última comida.

      Cuando abandono la fantasía, dejo a los cuatro abrazados y contentos. No quiero morirme. Una nueva explosión retumba a lo lejos.

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  8. Alguien me dijo "te quiero" y me corrí. La primera vez que me lo decían sin buscar el polvo, y claro, me emocioné demasiado.

    Ana Patricia

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  9. Ayer tenía cita con la dietista, era mi primera sesión. Yo no me veo demasiado mal, ya no tengo complejos de épocas pasadas, iría dispuesta a perder unos 4 o 5 kilos, nada más que por estética. Suponía que me mediría, pesaría y daría algunos consejos del tipo “haz más deporte”. Al llegar me hicieron pasar a una sala pequeñita y la dietista se me acercó para presentarse y darme dos besos. Al volverse a su asiento noté como me miraba fijamente el escote, de forma involuntaria. Nos sentamos a ambos lados de una mesa de oficina donde me explicó cómo era la dinámica de esta primera sesión y del tratamiento en general, enseñándome unos folletos y las máquinas que hacían las mediciones. Me habló de unas infusiones que ayudan a perder líquidos y me ofreció insistentemente una prueba, en un vaso de plástico de tamaño chupito. Me sentí como cuando en un bar un tío insiste en invitarte a beber porque es la única excusa que se le ocurre para ganar unos minutos de oportunidad. Me bebí a pequeños sorbos la infusión, rechazando el azúcar cuando ella me lo ofreció con un gesto servicial. “Me gusta lo amargo” le dije, y seguí saboreando poco a poco la infusión con limón, asomando la punta de la lengua junto a la superficie de plástico transparente, dejándolo manchado de carmín casi color sangre. Ella estaba quieta como atravesada por un hilo inexistente que iba de sus ojos a mi boca. La mandíbula se le empezaba a aflojar y el aire le subía oprimiendo el pecho desde dentro como si estuviera haciendo esfuerzos por controlar sus impulsos.
    “Entonces… “. Dije tras dejar el vaso vacío sobre la mesa.
    “Ah, si, las cifras, pues… -dió algún rodeo con la calculadora- aquí dice que tienes un poco de retención de líquidos, deberías beber más agua. También tienes un poco alto el nivel de grasa corporal en la zona superior. Y según esto te sobran 9 kilos para estar dentro de lo saludable.”
    “Mmhh.” Y no dije nada más, ella se me quedó mirando hasta que se le ocurrió decir con una sonrisa de inevitable nerviosismo: “¿Qué te parece?”

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    1. Me acerqué a ella inclinándome sobre la mesa, dejando mi generoso escote abierto a la vista hasta lo más hondo del canalillo, y le susurré “Creo que ese sistema de medidas está mal, muy mal, me beberé todas las infusiones que quieras, de tu boca, de tus manos, de esos zapatos de tacón que llevas que tanto te estilizan, las lameré de tu ombligo y de tus pequeñas tetitas si eso te gusta. Pero tú sabes tan bien como yo que no me sobran esos kilos que dices. Eso de la grasa de la parte superior -me quité la camiseta en un solo movimiento y ella se quedó perpleja al descubrir la hermosura de mis enormes pechos, sólo quería lamerlos y tocar la piel suave y rosada, su cabeza se acercaba a ellos sin poder controlarlo-, esto es lo que dices que me sobra?” Cogí su mano, medio temblorosa, y la metí en mi boca, tres de sus finos dedos, y los lamí con delirio, manchándolos de pintalabios. Ella se levantó apresurada agarrándome y colocándome sentada en la mesa. Me abrió y bajó los vaqueros , me arrancó las deportivas, me bajó las bragas y me empezó a meter sus dedos humedecidos con mi saliva mientras me besaba y lamía los pechos. Le pregunté “¿Cuándo tienes la siguiente cita?” y respondió “Tenemos 15 minutos”. Siguió metiéndomelos hasta el fondo y yo la besaba para evitar gritar de placer aunque no podía evitar gemir y agarrarle el pelo con fuerza, que estaba áspero, pero era largo y me gustaba tirar de él. Cuando ya casi estaba terminando le solté el pelo y me agarré fuerte a la mesa, arqueando la espalda, abriendo la pelvis y dejando la cabeza irse hacia atrás, mordiéndome la boca para no chillar. Ella lo entendió todo y aumentó el ritmo y la fuerza metiéndose dentro de mí mientras me mordía los pezones, que asomaban por la parte superior del sostén. Entonces sentí una oleada de calor que me invadía toda la carne y le aparté la mano. Respiré hondo mientras se me relajaban los latidos, me quedaría a dormir allí mismo si fuera mi cama, pero no lo era. Ella sonrió y me alcanzó mi pantalón y mis zapatillas. Dijo “Te pediría que tú me lo hicieras también pero tengo trabajo -le sonreí sonrojada del placer y me giré para irme- ¡Eh! ¡Me has alegrado el día! Este trabajo es una mierda.” “¡Y que lo digas!”

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  10. La semana pasada corté con mi novia. No me coge el teléfono, no responde a mis mensajes... La echo de menos. Echo de menos sus labios, sus caricias. Echo de menos comernos a besos, mi lengua enredada en la suya, morderle las orejitas mientras le desabotono la blusa, lamerle las tetas cuando aún no le he desabrochado de todo el sujetador, meterle mis dedos a la vez que le chupo los pezones, acariciar su clítoris y hacerla gemir pidiéndome más... Echo de menos follármela en la ducha, mezclando champú, gel y leche hidratante. Metérsela encima de la mesa del comedor, después del postre y mientras se hace el café. En el sofá, mientras vemos en la tele la ceremonia de entrega de medallas olímpicas; cuando la puse a cuatro patas viendo a Rajoy celebrar la victoria en el balcón de Génova; metérsela hasta el fondo mientras por una chimenea del Vaticano salía humo blanco... Vuelve, cari, te echo de menos. Lo siento.

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  11. Era mi compañera de trabajo. Casada y con una hija. Comencé a trabajar en aquella oficina poco antes del verano. Con la llegada del calor, sus modelitos empezaron a ser más escasos en tela. Recuerdo aquel vestido de raso que al alejarse de mi escritorio los rayos de sol atravesaban revelándome el puente que su coño formaba entre las piernas y su redondo culo. Me volvía loco ese vestido.

    A pesar de todo, mi aparente indiferencia y el saber que yo tenía novia hizo ganarme su confianza y que se sintiera cómoda sabiendo que no la deseaba como el 90% de los hombres que se cruzaba en la calle cada día.

    Esa falsa sensación fue la que hizo que me propusiera para acompañarla a una feria de nuestra empresa. Juntos montamos el stand en el que nos pasamos los siguientes dos días charlando en los ratos muertos. El último día, en la cena de clausura del evento las copas empezaron a correr. Supongo que el verse lejos de su casa, sin cargas familiares ni cualquier otra preocupación, hizo que volviera a rememorar sus años de locura juvenil y se dejó llevar por el vodka con limón. Copa tras copa se volvía más cariñosa y juguetona, aunque yo intenté mantener las distancias. Cuando la noche todavía no había acabado me vi obligado a acompañarla al hotel, pues debido a su estado no habría conseguido llegar hasta su habitación ella sola.

    Le abrí la puerta y una vez dentro, se desplomó boca abajo sobre la cama. Me acerque para recordarle la hora a la que tenía que despertarse pues nuestro vuelo salía al dia siguiente temprano.

    -Cómeme- Me susurro con los ojos entrecerrados

    No dude ni un instante. Todavía tumbada boca abajo, le baje los pantalones y el tanga hasta los tobillos y asomó un bonito coño empapado y brillante. Metí mi cabeza entre sus piernas y recorrí sus labios con mi lengua como si de un helado se tratase. En unos pocos minutos tuvo un orgasmo que la hizo estremecerse de placer.

    Volví a mi habitación todavía sin creer por lo que acababa de pasar. Al día siguiente intenté actuar con normalidad. Nos encontramos en el desayuno y me dijo con una sonrisa nerviosa que no recordaba ni como había llegado hasta el hotel.

    Yo creo que sí lo recuerda.

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  12. Vaya, me he enterado tarde de esta propuesta... que pena!
    Quizá la próxima vez... (a ver si se me cumple de paso alguna fantasía erótica y así mato tres pájaros de un...trío.... digoooo de un tiro... (aunque al principio iba a decir de un polvo, jajaja)
    1- La propia fantasía
    2- Me encanta escribir relatos
    3- Soy coleccionista de comic

    Saludos.

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